SERIE: ASPECTOS SOBRESALIENTES DEL “EVANGELIO DE LA VIDA” DE JUAN PABLO II - INTRODUCCIÓN
LECTURA DE LA CARTA ENCÍCLICA "EVANGELIUM VITAE" DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS A
LOS FIELES LAICOS
Y A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD SOBRE EL VALOR Y EL
CARÁCTER INVIOLABLE DE LA VIDA HUMANA
LECTURA DE LA PRIMERA PARTE DE LA ENCÍCLICA:
INTRODUCCIÓN
1. El Evangelio de la vida está en el centro
del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado
con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y
culturas.
En la aurora
de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia: «
Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy,
en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor » (Lc 2, 10-11).
El
nacimiento del Salvador produce ciertamente esta « gran alegría »; pero la
Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento
humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la
alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16, 21).
Presentando
el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice: « Yo he venido para que
tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida
« nueva » y « eterna », que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo
hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu
Santificador. Pero es precisamente en esa « vida » donde encuentran pleno
significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.
Valor incomparable de la persona humana
2. El hombre está llamado a una plenitud de
vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que
consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta
vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana
incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición
básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la
vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la
promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena
realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3, 1-2). Al mismo tiempo, esta llamada
sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del
hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad « última », sino «
penúltima »; es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con
sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de
nosotros mismos a Dios y a los hermanos.
La Iglesia
sabe que este Evangelio de la vida, recibido de su Señor, tiene un eco profundo
y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente,
porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo
sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre
dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo
secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su
corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio
hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado
totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se
fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.
Los
creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este
derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el Concilio
Vaticano II: « El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto
modo, con todo hombre ». En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela
a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que « tanto amó al mundo que
dio a su Hijo único » (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada
persona humana.
La Iglesia,
escrutando asiduamente el misterio de la Redención, descubre con renovado
asombro este valor y se siente llamada a
anunciar a los hombres de todos los tiempos este « evangelio», fuente de
esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para cada época de la historia.
El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la
persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio.
Por ello el
hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la
Iglesia.
Nuevas
amenazas a la vida humana
Cada
persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo de Dios hecho carne (cf.
Jn 1, 14), es confiada a la solicitud materna de la Iglesia. Por eso, toda
amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón mismo de
la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de
Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo
el mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15).
Hoy este
anuncio es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y
agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos,
especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas
plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se
añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.
Ya el
Concilio Vaticano II, en una página de dramática actualidad, denunció con
fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana. A treinta años
de distancia, haciendo mías las palabras de la asamblea conciliar, una vez más
y con idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera, con la
certeza de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia recta:
« Todo lo que se opone a la vida, como los
homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el
mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona
humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los
intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como
las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las
deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de
jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros
son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y
responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios
que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican
que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido
al Creador ».
Por
desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir, se va más bien
agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y
tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano,
a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que
confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y —podría decirse—
aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores
de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de
los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no
sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el
fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita
de las estructuras sanitarias.
En la
actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo de entender la vida
y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las legislaciones de muchos
países, alejándose tal vez de los mismos principios fundamentales de sus
Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer la plena
legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo tiempo, un síntoma
preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral. Opciones, antes consideradas
unánimemente como delictivas y rechazadas por el común sentido moral, llegan a
ser poco a poco socialmente respetables. La misma medicina, que por su vocación
está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana, se presta cada vez más
en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra la persona, deformando
así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando la dignidad de quienes
la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso los graves problemas
demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre numerosos pueblos del
mundo y exigen una atención responsable y activa por parte de las comunidades
nacionales y de las internacionales, se encuentran expuestos a soluciones
falsas e ilusorias, en contraste con la verdad y el bien de las personas y de
las naciones.
El resultado
al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante el fenómeno de la
eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a su ocaso, no menos
grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida
por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la
distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de
la vida humana.
CITA BÍBLICA PARA REFLEXIONAR:
SALMOS 139:16
VÍDEO: LECTURA ORAL DE LA ENCÍCLICA Y ORACIÓN (PRIMERA PARTE)
WEBGRAFÍA:
http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html, PÁGINAS 1-5 DE 94.

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