LECTURA COMENTADA DE LOS PRINCIPALES ASPECTOS DEL CAPÍTULO II Y ORACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
LECTURA COMENTADA DE LOS PRINCIPALES ASPECTOS DEL CAPÍTULO II
Y ORACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
“HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA”
« La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto » (1 Jn 1, 2): la mirada dirigida a Cristo,
«Palabra de vida »
Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él cada creyente, está llamado a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo, « Palabra de vida » (1 Jn 1, 1). En realidad, el Evangelio de la vida no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana; ni sólo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor. El Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio dela persona misma de Jesús, el cual se presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras: « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Es la misma identidad manifestada a Marta, la hermana de Lázaro:
« Yo soy la
resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que
vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11,
25-26). Jesús es el Hijo que desde la eternidad recibe la vida del Padre (cf. Jn 5, 26) y que ha venido
a los hombres para hacerles
partícipes de este don:
«
Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10).
"El nombre de Jesús ha restablecido a este hombre
» (cf. Hch 3, 16):
en la precariedad de la
existencia humana Jesús
lleva a término
el sentido de la vida"
La experiencia del pueblo de la Alianza
se repite en la de todos los « pobres
» que encuentran a Jesús de Nazaret. Así como el Dios « amante de la
vida » (cf. Sb 11, 26) había
confortado a Israel en medio de los peligros, así ahora el Hijo de Dios
anuncia, a cuantos se sienten amenazados e impedidos en su existencia, que sus
vidas también son un bien al cual el amor del Padre da sentido y valor.
«Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva » (Lc 7, 22). Con estas palabras del profeta Isaías (35, 5-6; 61, 1), Jesús presenta el significado de su propia misión. Así, quienes sufren a causa de una existencia de algún modo « disminuida », escuchan de El la buena nueva de que Dios se interesa por ellos, y tienen la certeza de que también su vida es un don celosamente custodiado en las manos del Padre (cf. Mt 6, 25-34).
Los « pobres »
son interpelados particularmente por la predicación y las obras de Jesús. La
multitud de enfermos y marginados, que lo siguen y lo buscan (cf. Mt 4, 23-25), encuentran en su palabra y
en sus gestos la revelación del gran valor que tiene su vida y del fundamento
de sus esperanzas de salvación.
"Llamados... a reproducir la imagen de su Hijo
(Rm 8, 28-29): la gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre"
La vida es siempre
un bien. Esta es una intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender.
¿Por qué la vida es un bien? La pregunta recorre toda la Biblia, y
ya desde sus primeras páginas encuentra una respuesta eficaz y admirable. La
vida que Dios da al hombre es original y diversa de la de las demás criaturas
vivientes, ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra (cf. Gn 2, 7; 3, 19; Jb 34, 15; Sal 103 102,
14; 104 103, 29), es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia,
resplandor de su gloria (cf. Gn 1,
26-27; Sal 8, 6). Es lo que quiso
acentuar también san Ireneo de Lyon con su célebre definición: « el hombre que
vive es la gloria de Dios ». Al hombre se le
ha dado una altísima dignidad, que
tiene sus raíces en el vínculo íntimo que lo une a su Creador: en el hombre se
refleja la realidad misma de Dios.
« El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, sopló en sus narices un aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente » (Gn 2, 7).
El origen divino de este espíritu de vida explica la perenne insatisfacción que acompaña al hombre durante su existencia. Creado por Dios, llevando en sí mismo una huella indeleble de Dios, el hombre tiende naturalmente a Él. Al experimentar la aspiración profunda de su corazón, todo hombre hace suya la verdad expresada por san Agustín: « Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti ».
Lamentablemente, el magnífico proyecto
de Dios se oscurece por la irrupción
del pecado en la
historia. Con el pecado el hombre se rebela contra el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas: « Cambiaron
la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez
del Creador » (Rm 1, 25). De este
modo, el ser humano no sólo desfigura en sí mismo la imagen de Dios, sino que
está tentado de ofenderla también en los demás, sustituyendo las relaciones de
comunión por actitudes de desconfianza, indiferencia, enemistad, llegando al
odio homicida. Cuando no se reconoce a Dios
como Dios, se traiciona el sentido profundo del hombre y se perjudica la
comunión entre los hombres.
En la vida del
hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer y se manifiesta en toda su
plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne humana: « Él es Imagen de Dios
invisible » (Col 1, 15), « resplandor
de su gloria e impronta de su sustancia » (Hb
1, 3). Él es la imagen perfecta del Padre.
El proyecto de
vida confiado al primer Adán encuentra finalmente su cumplimiento en Cristo.
Mientras la desobediencia de Adán deteriora y desfigura el designio de Dios
sobre la vida del hombre, introduciendo la muerte en el mundo, la obediencia
redentora de Cristo es fuente de gracia que se derrama sobre los hombres
abriendo de par en par a todos las puertas del reino de la vida (cf. Rm 5, 12-21). Afirma el apóstol Pablo: «
Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que
da vida » (1 Cor 15, 45).
La plenitud de la
vida se da a cuantos aceptan seguir a Cristo. En ellos la imagen divina es
restaurada, renovada y llevada a perfección. Este es el designio de Dios sobre
los seres humanos: que « reproduzcan la imagen de su Hijo » (Rm 8, 29). Sólo así, con el esplendor de
esta imagen, el hombre puede ser liberado de la esclavitud de la idolatría,
puede reconstruir la fraternidad rota y reencontrar su propia identidad.
"Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11, 26): el don de la vida eterna"
La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está « en él » y es « la luz de los hombres » (Jn 1, 4), consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor: « A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios » (Jn 1, 12-13).
A veces Jesús
llama esta vida, que Él ha venido a dar, simplemente así: « la vida »; y
presenta la generación por parte de Dios como condición necesaria para poder
alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre: « El que no nazca de lo
alto no puede ver el Reino de Dios » (Jn 3,
3). El don de esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: él «
es el que baja del cielo y da la vida al mundo » (Jn 6, 33), de modo que puede afirmar con toda verdad: « El que me
siga... tendrá la luz de la vida » (Jn 8,
12).
Otras veces Jesús
habla de « vida eterna », donde el adjetivo no se refiere sólo a una
perspectiva supra-temporal. « Eterna » es la vida que Jesús promete y da,
porque es participación plena de la vida del « Eterno ». Todo el que cree en Jesús
y entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf. Jn 3, 15; 6, 40), ya que escucha de El las únicas palabras que
revelan e infunden plenitud de vida en su existencia; son las « palabras de
vida eterna » que Pedro reconoce en su confesión de fe: « Señor, ¿a quién vamos
a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú
eres el Santo de Dios » (Jn 6,
68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste la vida eterna,
dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: « Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado,
Jesucristo » (Jn 17, 3). Conocer a
Dios y a su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo en la propia vida, que ya desde ahora se
abre a la vida eterna
por la participación en la vida divina.
Por
tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo
estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante
esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo. El creyente
hace suyas las palabras del apóstol
Juan: « Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora
somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que,
cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es »
(1 Jn 3, 1-2).
"Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás (Jn 11, 26): el
don de la vida eterna"
La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no
se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está «
en él » y es « la luz de los hombres » (Jn
1, 4), consiste en ser engendrados
por Dios y participar de la plenitud de su amor: « A todos los que lo
recibieron les dio poder de hacerse hijos
de Dios, a los que creen en su nombre;
el cual no nació
de sangre, ni de deseo
de carne, ni de deseo
de hombre, sino que nació de Dios » (Jn 1,
12-13).
"A cada uno pediré cuentas
de la vida de su hermano (Gn 9, 5): veneración y amor por la vida
de todos"
La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e
impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de
ella. Dios mismo lo afirma a Noé después del diluvio: « Os prometo reclamar
vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre:
a todos y a cada uno reclamaré el alma humana
» (Gn 9, 5). El texto bíblico se preocupa de
subrayar cómo la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios y en su
acción creadora: « Porque a imagen de Dios hizo El al hombre » (Gn 9,
6).
La vida y la
muerte del hombre están, pues, en las manos de Dios, en su poder: « El, que
tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de
hombre », exclama Job (12, 10).
« El Señor da
muerte y vida, hace bajar al Seol y retornar » (1 S 2, 6). Sólo Él puede decir: « Yo doy la muerte y doy la vida »
(Dt 32, 39).
Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante, sino como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Si es cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios, no lo es menos que sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: « Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí! » (Sal 131 130, 2; cf. Is 49, 15; 66, 12-13; Os 11, 4). « A cada uno pediré cuentas de la vida de su hermano » (Gn 9, 5): veneración y amor por la vida de todos.
La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo lo afirma a Noé después del diluvio: « Os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana » (Gn 9, 5). El texto bíblico se preocupa de subrayar cómo la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios y en su acción creadora: « Porque a imagen de Dios hizo El al hombre » (Gn 9, 6).
« El Señor da muerte y vida, hace
bajar al Seol y retornar » (1 S 2, 6). Sólo Él puede decir: « Yo doy la muerte
y doy la vida » (Dt 32, 39).
El mandamiento « no matarás », incluido y profundizado en el precepto positivo del amor al prójimo, es confirmado por el Señor Jesús en toda su validez. Al joven rico que le pregunta: « Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna? », responde: « Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19, 16.17). Y cita, como primero, el « no matarás » (v. 18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige de los discípulos una justicia superior a la de los escribas y fariseos también en el campo del respeto a la vida: « Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal » (Mt 5, 21-22).
Jesús explicita posteriormente con su palabra y sus obras las exigencias positivas del mandamiento sobre el carácter inviolable de la vida. Estas estaban ya presentes en el Antiguo Testamento, cuya legislación se preocupaba de garantizar y salvaguardar a las personas en situaciones de vida débil y amenazada: el extranjero, la viuda, el huérfano, el enfermo, el pobre en general, la vida misma antes del nacimiento (cf. Ex 21, 22; 22, 20-26). Con Jesús estas exigencias positivas adquieren vigor e impulso nuevos y se manifiestan en toda su amplitud y profundidad: van desde cuidar la vida del hermano (familiar, perteneciente al mismo pueblo, extranjero que vive en la tierra de Israel), a hacerse cargo del forastero, hasta amar al enemigo.
"Porque
tú mis vísceras has formado (Sal 139 138, 13): la dignidad del niño aún no nacido"
La vida humana se encuentra en una situación muy precaria cuando viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la eternidad. Están muy presentes en la Palabra de Dios —sobre todo en relación con la existencia marcada por la enfermedad y la vejez— las exhortaciones al cuidado y al respeto. Si faltan llamadas directas y explícitas a salvaguardar la vida humana en sus orígenes, especialmente la vida aún no nacida, como también la que está cercana a su fin, ello se explica fácilmente por el hecho de que la sola posibilidad de ofender, agredir o, incluso, negar la vida en estas condiciones se sale del horizonte religioso y cultural del pueblo de Dios.
«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado » (Jr 1, 5): la existencia de cada individuo, desde su origen, está en el designio divino. Job, desde lo profundo de su dolor, se detiene a contemplar la obra de Dios en la formación milagrosa de su cuerpo en el seno materno, encontrando en ello un motivo de confianza y manifestando la certeza de la existencia de un proyecto divino sobre su vida: « Tus manos me formaron, me plasmaron, ¡y luego, en arrebato, me quieres destruir! Recuerda que me hiciste como se amasa el barro, y que al polvo has de devolverme. ¿No me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios.
Luego con la vida
me agraciaste y tu solicitud cuidó mi aliento » (10, 8-12). Acentos de
reverente estupor ante la intervención de Dios sobre la vida en formación resuenan también en los Salmos.
La vejez está marcada por el prestigio y rodeada de
veneración (cf.
2 M 6, 23). El justo no pide ser
privado de la ancianidad y de su peso, al contrario, reza así: « Pues tú eres
mi esperanza, Señor, mi confianza desde mi juventud... Y ahora que llega la
vejez y las canas, ¡oh Dios, no me abandones!, para que anuncie yo tu brazo a
todas las edades venideras » (Sal 71
70, 5.18).
El tiempo
mesiánico ideal es presentado como aquél en el que « no habrá jamás... viejo
que no llene sus días » (Is 65, 20).
Sin embargo,
¿cómo afrontar en la vejez el declive inevitable de la vida? ¿Qué actitud tomar ante la muerte? El
creyente sabe que su vida está en las manos de Dios: « Señor, en tus manos
está mi vida » (cf. Sal 16 15, 5), y
que de Él también el morir: « Esta
sentencia viene del Señor sobre toda carne, ¿por qué desaprobar el agrado del
Altísimo? » (Si 41, 4). El hombre,
que no es dueño de la vida, tampoco lo es de la muerte; en su vida, como en su
muerte, debe confiarse totalmente al « agrado del Altísimo », a su designio de
amor.
Incluso en el momento de la enfermedad, el hombre está llamado a vivir con la misma seguridad en el Señor y a renovar su confianza fundamental en El, que « cura todas las enfermedades » (cf. Sal 103 102, 3).
Cuando parece que toda expectativa de curación se cierra ante el hombre —hasta moverlo a gritar: « Mis días son como la sombra que declina, y yo me seco como el heno» (Sal 102 101, 12)—, también entonces el creyente está animado por la fe inquebrantable en el poder vivificante de Dios. La enfermedad no lo empuja a la desesperación y a la búsqueda de la muerte, sino a la invocación llena de esperanza: « ¡Tengo fe, aún cuando digo: "Muy desdichado soy"! » (Sal 116 115, 10); « Señor, Dios mío, clamé a ti y me sanaste. Tú has sacado, Señor, mi alma del Seol, me has recobrado de entre los que bajan a la fosa » (Sal 30 29, 3-4).
La misión de Jesús, con las numerosas
curaciones realizadas, manifiesta cómo
Dios se preocupa también de la vida corporal del hombre. « Médico de la
carne y del espíritu », Jesús fue enviado por el Padre a anunciar la
buena nueva a los pobres y a sanar los corazones quebrantados (cf. Lc 4, 18; Is 61, 1).
Ciertamente, la vida del cuerpo en su condición terrena no es un valor absoluto para el creyente, sino que se le puede pedir que la ofrezca por un bien superior; como dice Jesús, « quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará » (Mc 8, 35). A este propósito, los testimonios del Nuevo Testamento son diversos. Jesús no vacila en sacrificarse a sí mismo y, libremente, hace de su vida una ofrenda al Padre (cf. Jn 10, 17) y a los suyos (cf. Jn 10, 15). También la muerte de Juan el Bautista, precursor del Salvador, manifiesta que la existencia terrena no es un bien absoluto; es más importante la fidelidad a la palabra del Señor, aunque pueda poner en peligro la vida (cf. Mc 6, 17-29). Y Esteban, mientras era privado de la vida temporal por testimoniar fielmente la resurrección del Señor, sigue las huellas del Maestro y responde a quienes le apedrean con palabras de perdón (cf. Hch 7, 59-60), abriendo el camino a innumerables mártires, venerados por la Iglesia desde su comienzo.
Sin embargo, ningún hombre puede decidir arbitrariamente entre vivir o morir. En efecto, sólo es dueño absoluto de esta decisión el Creador, en quien « vivimos, nos movemos y existimos » (Hch 17, 28).
"Mirarán al que atravesaron (Jn 19, 37): en el árbol
de la Cruz se cumple
el Evangelio de la
vida"
En las primeras
horas de la tarde del viernes santo, « al eclipsarse el sol, hubo oscuridad
sobre toda la tierra... El velo del Santuario se rasgó por medio » (Lc 23, 44.45). Es símbolo de una gran
alteración cósmica y de una inmensa lucha entre las fuerzas del bien y las
fuerzas del mal, entre la vida y la muerte. Hoy nosotros nos encontramos
también en medio de una lucha dramática entre la « cultura de la muerte » y la
« cultura de la vida ». Sin embargo, esta oscuridad no eclipsa el resplandor de
la Cruz; al contrario, resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como
centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana.
Jesús es clavado
en la cruz y elevado sobre la tierra. Vive el momento de su máxima « impotencia », y su vida parece abandonada totalmente al escarnio de sus adversarios y en manos de sus asesinos: es ridiculizado,
insultado, ultrajado (cf. Mc 15,
24-36). Sin embargo, ante todo esto el centurión romano, viendo « que había
expirado de esa manera », exclama: « Verdaderamente este hombre era Hijo de
Dios » (Mc 15, 39). Así, en el
momento de su debilidad extrema se revela la identidad del Hijo de Dios: ¡en la Cruz se manifiesta su gloria!
Con su muerte,
Jesús ilumina el sentido de la vida y de la muerte de todo ser humano. Antes de
morir, Jesús ora al Padre implorando el perdón para sus perseguidores (cf. Lc 23, 34) y dice al malhechor que le
pide que se acuerde de él en su reino: « Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en
el paraíso » (Lc 23, 43). Después de
su muerte « se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos
resucitaron » (Mt 27, 52). La
salvación realizada por Jesús es don de vida y de resurrección. A lo largo de
su existencia, Jesús había dado también la salvación sanando y haciendo el bien
a todos (cf. Hch 10, 38). Pero los
milagros, las curaciones y las mismas resurrecciones eran signo de otra
salvación, consistente en el perdón de los pecados, es decir, en liberar al
hombre de su enfermedad más profunda, elevándolo a la vida misma de Dios.
El, que no había
« venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos »
(Mc 10, 45), alcanza en la Cruz la
plenitud del amor. « Nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus
amigos » (Jn 15, 13). Y El murió por
nosotros siendo todavía nosotros pecadores (cf. Rm 5, 8).
De este modo proclama que la vida encuentra su centro, su sentido y su
plenitud cuando se entrega.
En este punto la
meditación se hace alabanza y agradecimiento y, al mismo tiempo, nos invita a
imitar a Jesús y a seguir sus huellas (cf. 1
P 2, 21).
También nosotros
estamos llamados a dar nuestra vida por los hermanos, realizando de este modo
en plenitud de verdad el sentido y el destino de nuestra existencia.
Lo podremos hacer
porque Tú, Señor, nos has dado ejemplo y nos has comunicado la fuerza de tu
Espíritu. Lo podremos hacer si cada día, contigo y como Tú, somos obedientes al
Padre y cumplimos su voluntad.
Por ello,
concédenos escuchar con corazón dócil y generoso toda palabra que sale de la
boca de Dios. Así aprenderemos no sólo a « no matar » la vida del hombre, sino
a venerarla, amarla y promoverla.
ORACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Postrado a vuestros pies humildemente
vengo a pediros dulce Jesús mío,
poderos repetir constantemente
¡Sagrado Corazón en vos confío!
Si la confianza es prueba de ternura
esta prueba de amor daros ansío
aun cuando esté sumida en la amargura
¡Sagrado Corazón en vos confío!
En las horas más tristes de la vida
cuando todos me dejen ¡Oh Dios mío!
y el alma está por penas combatida
¡Sagrado Corazón en vos confío!
Aunque sienta venir la desconfianza
y os obligue a mirarme con desvío
no será confundida mi esperanza
¡Sagrado Corazón en vos confío!
Si en el bautismo que hermoseara mi alma
yo os permití ser vuestra, y vos ser mío,
clamaré siempre en tempestad o en calma
¡Sagrado Corazón en vos confío!
Yo siento una confianza de tal suerte
que sin ningún temor ¡Oh dueño mío!
espero repetir hasta la muerte
¡Sagrado Corazón en vos confío!
¡Te recibo Jesús en mi corazón!
WEBGRAFÍA
https://youtu.be/ElN28EZV2es Dra R.
Bruno
https://youtu.be/G4LRJSzDTcE Mitos y verdades de las vacunas…
https://youtu.be/8ElB0BWz50M Vacunas… Certezas y promesas
https://youtu.be/ejk1VLaz2cA MÚSICA CATÓLICA INSTRUMENTAL

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