ENCÍCLICA “EVANGELIUM VITAE” DE JUAN PABLO II: RESUMEN DE PRINCIPALES ASPECTOS DE CAPÍTULOS III Y IV
ENCÍCLICA “EVANGELIUM VITAE” DE JUAN PABLO II: RESUMEN DE LOS PRINCIPALES ASPECTOS DE CAPÍTULOS III Y IV
CAPÍTULO III “NO MATARÁS: LA LEY
SANTA DE DIOS”
«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt
19, 17): Evangelio y mandamiento
Santo Tomás de Aquino, que entre otras cosas escribe: « La
ley humana es tal en cuanto está conforme con la recta razón y, por tanto,
deriva de la ley eterna. En cambio, cuando una ley está en contraste con la
razón, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y
se convierte más bien en un acto de violencia
Y añade: «Toda ley puesta por los hombres tiene razón de ley
en cuanto deriva de la ley natural. Por el contrario, si contradice en
cualquier cosa a la ley natural, entonces no será ley sino corrupción de la ley».
Celebrar el Evangelio de la vida significa celebrar el Dios
de la vida, el Dios que da la vida. La Vida divina es por sí vivificadora y
creadora de la vida. Toda vida y toda moción vital proceden de la Vida, que
está sobre toda vida y sobre el principio de ella. De esta Vida les viene a las
almas el ser inmortales, y gracias a ella vive todo ser viviente, plantas y
animales hasta el grado ínfimo de vida.
Como el Salmista también nosotros, en la oración cotidiana,
individual y comunitaria, alabamos y bendecimos a Dios nuestro Padre, que nos
ha tejido en el seno materno y nos ha visto y amado cuando todavía éramos
informes (cf. Sal 139 138, 13. 15-16), y exclamamos con incontenible alegría: «
Yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras.
Mi alma conocías cabalmente » (Sal 139 138, 14). Sí, «esta vida mortal, a pesar
de sus tribulaciones, de sus oscuros misterios, sus sufrimientos, su fatal
caducidad, es un hecho bellísimo, un prodigio siempre original y conmovedor, un
acontecimiento digno de ser cantado con júbilo y gloria». Más aún, el hombre y
su vida no se nos presentan sólo como uno de los prodigios más grandes de la
creación: Dios ha dado al hombre una dignidad casi divina (cf. Sal 8, 6-7). En
cada niño que nace y en cada hombre que vive y que muere reconocemos la imagen
de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada hombre, signo del Dios
vivo, icono de Jesucristo.
El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los
creyentes: es para todos. El tema de la vida y de su defensa y promoción no es
prerrogativa única de los cristianos. Aunque de la fe recibe luz y fuerza
extraordinarias, pertenece a toda conciencia humana que aspira a la verdad y
está atenta y preocupada por la suerte de la humanidad. En la vida hay
seguramente un valor sagrado y religioso, pero de ningún modo interpela sólo a
los creyentes: en efecto, se trata de un valor que cada ser humano puede
comprender también a la luz de la razón y que, por tanto, afecta necesariamente
a todos.
El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural
consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable
e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir el nexo
inseparable entre vida y libertad. Son bienes inseparables: donde se viola uno,
el otro acaba también por ser violado. No hay libertad verdadera donde no se
acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la libertad. Ambas realidades
guardan además una relación innata y peculiar, que las vincula
indisolublemente: la vocación al amor. Este amor, como don sincero de sí, es el sentido más verdadero de la vida y de la
libertad de la persona.
No menos decisivo en la formación de la conciencia es el descubrimiento
del vínculo constitutivo entre la libertad y la verdad. Como he repetido otras
veces, separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible fundamentar los
derechos de la persona sobre una sólida base racional y pone las premisas para
que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los individuos y el
totalitarismo del poder público causante de la muerte.
Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia
original de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como
don y tarea. Sólo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede
desarrollar plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en
profundidad la vida y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta ante
todo que «el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre
asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios». Cuando se niega a Dios
y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos, se
acaba fácilmente por negar o comprometer también la dignidad de la persona
humana y el carácter inviolable de su vida.
Recordando las palabras del mensaje conclusivo del Concilio
Vaticano II, dirijo también yo a las mujeres una llamada apremiante:
«Reconciliad a los hombres con la vida». Vosotras estáis llamadas a testimoniar
el significado del amor auténtico, de aquel don de uno mismo y de la acogida
del otro que se realizan de modo específico en la relación conyugal, pero que
deben ser el alma de cualquier relación interpersonal. La experiencia de la
maternidad favorece en vosotras una aguda sensibilidad hacia las demás personas
y, al mismo tiempo, os confiere una misión particular: « La maternidad conlleva
una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la
mujer... Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando
crea a su vez una actitud hacia el hombre —no sólo hacia el propio hijo, sino
hacia el hombre en general—, que caracteriza profundamente toda la personalidad
de la mujer
A la formación de la conciencia está vinculada estrechamente
la labor educativa, que ayuda al hombre a ser cada vez más hombre, lo introduce
siempre más profundamente en la verdad, lo orienta hacia un respeto creciente
por la vida, lo forma en las justas relaciones entre las personas.
CAPÍTULO IV “A MÍ ME LO HICISTEIS” POR UNA NUEVA CULTURA DE
LA VIDA HUMANA
«Vosotros sois el pueblo adquirido por Dios para anunciar
sus alabanzas» (cf. 1 P 2, 9): El pueblo de la vida y para la vida
Por esto, nuestra acción de «pueblo de la vida y para la
vida» debe ser interpretada de modo justo y acogida con simpatía. Cuando la
Iglesia declara que el respeto incondicional del derecho a la vida de toda
persona inocente —desde la concepción a su muerte natural— es uno de los
pilares sobre los que se basa toda sociedad civil, «quiere simplemente promover
un Estado humano. Un Estado que reconozca, como su deber primario, la defensa
de los derechos fundamentales de la persona humana, especialmente de la más
débil».
El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres.
Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad
mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el
bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se
fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano.
Ni puede tener bases sólidas una sociedad que —mientras afirma valores como la
dignidad de la persona, la justicia y la paz— se contradice radicalmente
aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la
vida humana sobre todo si es débil y marginada. Sólo el respeto de la vida
puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la
sociedad, como la democracia y la paz.
En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no se
reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.
CONCLUSIÓN «No habrá ya muerte» (Ap 21, 4): Esplendor de la
resurrección
La anunciación del ángel a María se encuentra entre estas
confortadoras palabras: « No temas, María » y « Ninguna cosa es imposible para
Dios » (Lc 1, 30.37). En verdad, toda la existencia de la Virgen Madre está
marcada por la certeza de que Dios está a su lado y la acompaña con su
providencia benévola. Esta es también la existencia de la Iglesia, que
encuentra « un lugar » (Ap 12, 6) en el desierto, lugar de la prueba, pero
también de la manifestación del amor de Dios hacia su pueblo (cf. Os 2, 16).
María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la
muerte. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han
sido ya derrotadas en El: « Lucharon vida y muerte en singular batalla, y,
muerto el que es la Vida, triunfante se levanta ».
El Cordero inmolado vive con las señales de la pasión en el
esplendor de la resurrección. Sólo El domina todos los acontecimientos de la
historia: desata sus «sellos» (cf. Ap 5, 1-10) y afirma, en el tiempo y más
allá del tiempo, el poder de la vida sobre la muerte. En la «nueva Jerusalén», es decir, en el mundo nuevo, hacia el que tiende la historia de los hombres,
«no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo
viejo ha pasado » (Ap 21, 4).
Y mientras, como pueblo peregrino, pueblo de la vida y para
la vida, caminamos confiados hacia «un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap 21,
1), dirigimos la mirada a aquélla que es para nosotros «señal de esperanza
cierta y de consuelo ».
ORACIÓN DE JUAN PABLO II A MARÍA
Oh María,
aurora del mundo nuevo, Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida: mira, Madre, el número
inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y
mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con firmeza y
amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su
existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad, la
civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad
de la Anunciación del Señor, del año 1995, decimoséptimo de mi Pontificado.
IOANNES PAULUS PP. II
AUDIO-VÍDEO:
WEBGRAFÍA:
http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html
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